20-11-12

Dag van de dynastie, Belgie

 

Muy estimados representantes de las autoridades argentinas, mis queridos colegas embajadores, queridos amigos de  Bélgica

 

En el ‘Día del Rey’ los belgas celebran el símbolo de la unidad de un país democrático, apacible y acogedor, corazón del proyecto europeo.

Quiero aprovechar esta oportunidad para saludar a la comunidad belga en Argentina y a todos los argentinos, amigos de mi país. Quiero también agradecer los generosos sponsors de este evento, es decir Philippe Lobert de la Fundación Huerta Niño, Eduardo Lapania, nuestro Cónsul honorario en Mendoza y dueño de la Bodega Don Cristóbal, también en el registro de la bebidas, la Cervecería Quilmes con la Stella Artois y la presencia de su Presidente, Don Francisco de Sa Neto, Jean-Pierre Smeets, presidente de la Cámara de Comercio Belga-luxemburguesa y de WestLand Bank, Jan Van den Driessche, de la muy dinámica compañía de dragados Jan De Nul;

Dante Dell’Elce de GDF Suez Energy, Tullio Lanari del banco BNP ParisBas, y nuestro veterano amigo Mauricio Gesang de Bogeco.

A todos muchas gracias por su amable apoyo y contribución para hacer de este día una alegre celebración de la unidad de los Belgas.

En ocasión de la Fiesta del Rey de los Belgas, quisiera, como Embajador de Belgica en Argentina, compartir las siguientes reflexiones:

El viaje de un pueblo en la historia está marcado por numerosas etapas; la historia de Bélgica está, desde hace medio siglo, íntimamente vinculada con el proyecto europeo que contribuyó a fundar. Los pueblos sobrevivientes a la Segunda Guerra Mundial, determinados a desechar, de una vez por todas, el peligro del nacionalismo y su corolario el rechazo violento del otro, suscribieron un proyecto de unión que no es un imperio. Europa no quiere más vencer sino convencer; desea reunir alrededor de ella aquellas naciones que abracen la paz y la libertad y sean  respetuosas de cada uno de sus ciudadanos. Este proyecto generoso, casi utópico, pasa por un periodo difícil; pero una crisis es, justamente, una oportunidad para revisar los fundamentos de la Unión Europea.

En suma, la Unión Europea dio vuelta la página al nacionalismo para escribir la de un nuevo patriotismo. Es importante distinguir estas dos ideas, similares en apariencia  pero en realidad opuestas e incompatibles.

 El nacionalismo es una actitud narcisista hacia cierta representación de sí mismo, arraigada en un pasado mítico; la exaltación del ego colectivo es la regla, el conflicto su expresión. El nacionalismo se funda sobre una identidad que rechaza la universalidad, a no ser aquella que se basa en la dominación de un pueblo sobre otros, siguiendo la lógica del imperio; esa falsa universalidad llevó casi a la destrucción de Europa y causó millones de víctimas. Una terrible lección que sería criminal olvidar.

 El patriotismo es el amor agradecido hacia quienes nos han precedido y hacia lo que nos han legado. Del mismo modo en que cada uno de nosotros ama y honra a sus padres, respetando ese noble sentimiento en los otros, el patriota no impone su preferencia y honra el patriotismo de los otros pueblos. En el patriotismo, la identidad se conjuga con la universalidad: venimos de alguna parte, tenemos raíces, pero aspiramos a la universalidad de la condición humana, en una visión fraterna de la humanidad. Aspiramos a un patriotismo universal, como lo expresa la divisa de la Unión Europea: “Unidad en la diversidad”. Este ideal de patriotismo universal se encuentra en la raíz de la política de buena vecindad de la Unión Europea y su deseo de promover la integración regional en sus relaciones con sus socios. Estoy pensando desde luego en el MERCOSUR.

 Pero, la ambición de un patriotismo universal puede crear una tensión entre un sentimiento de identidad muy legítimo y la aspiración de pertenecer a un mundo abierto. La dialéctica entre el « heimat », el lugar de origen, y el cielo, símbolo de lo universal, lugar sin fronteras, y también fondo de las banderas Argentina y Europea, esa aparente contradicción, fue resumida admirablemente por el gran pensador alemán Goethe: «Los niños deben recibir dos cosas de sus padres: raíces y alas ».  Lo mismo ocurre en relación a los ciudadanos con respecto a sus dirigentes: deben respetar la identidad de sus ciudadanos pero también proponerles un proyecto de civilización abierto al otro, fundado en los valores humanistas universales. Este es el motor de la construcción europea y también del eje entre América latina y Europa: debemos reconocer nuestra visión común del ser humano, nuestra antropología compartida; reconocerla y además, cultivarla, cuidarla como una herencia muy preciosa de valores humanistas compartidas donde se encuentra la llave de nuestro futuro.

 Esta distinción radical entre nacionalismo y patriotismo puede dar lugar a la reflexión sobre el destino de un país. Este destino que no es una fatalidad sino más bien una destinación, un proyecto de un futuro elegido, una voluntad común de vivir juntos en un mundo mejor. La prueba de la realidad!

 Pues Bélgica se encuentra, después de algunos años transcurridos,  en un punto de inflexión de su historia; las autoridades políticas están llamadas a definir nuevos términos del « vivir juntos » de las diferentes comunidades. Es vital que esas comunidades no confundan patriotismo con nacionalismo; deben cultivar su identidad en un espíritu de cooperación, de solidaridad y de estima recíproca, a imagen del proyecto europeo en el corazón del cual se encuentra Bélgica. Cualquier estigmatización del otro, cualquier sentimiento de superioridad identitaria sólo puede engendrar estériles polémicas y cerrar la puerta a un futuro mejor, esa puerta que algunos de nuestros antepasados han mantenido abierta a costa de sus vidas. Hubo entre ellos también algunos que vinieron de Argentina, como lo recuerda la placa fijada a la entrada de la residencia. Este testimonio de compromiso y de sacrificio ilustra la vitalidad de las relaciones entre Bélgica y Argentina; de tantas vidas compartidas entre dos patriotismos, dos tierras bajo un mismo cielo. El futuro se ve reflejado en el pasado y hoy puedo ver muchas iniciativas en el marco académico, artístico, científico que unen a nuestros países.

Esperamos así recibir a la Argentina en el marco de la exposición universal de Liège en 2017 con sus aportes en el sector de las Tecnologías de Información y Comunicación. En ese sentido quiero subrayar la contribución de Argentina a la conciencia universal, con el genio de Jorge Luis Borges y la imaginación de su hermano literario Julio Cortázar, nacido en Bélgica.

 Bélgica, país de diversas culturas, asume una responsabilidad especial en la edificación de la Unión Europea y en su proyección hacia sus socios; debe a diario dar pruebas de tolerancia y de solidaridad, de respeto y de acogimiento. Si sus comunidades se replegaran en sus fantasmas narcisistas, Bélgica traicionaría el proyecto europeo, cuya más alta virtud es la hospitalidad, acoger lo mejor que tiene el hombre para dar de sí mismo. Es esta hospitalidad, una cualidad también típicamente argentina, que quiero compartir hoy con vosotros.

 Viva el Rey, Viva Bélgica, Viva Argentina!

Thomas ANTOINE

Embajador del Reino de Belgica

Buenos Aires

 

 

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